Daguerrotipos: las primeras fotografías

1839 es considerado convencionalmente como el año de nacimiento de la fotografía. Y lo es, convencionalmente, no por el hecho de que fuera descubierta repentinamente, en algún tipo de gesto azaroso, muy al contrario, era un proceso en el que se llevaba avanzando desde hacía tiempo, sino porque 1939 fue el año en que Louis Daguerre hizo público su descubrimiento, que vendió a cambio de una pensión vitalicia para él y para los herederos de Joseph Niépce, el verdadero inventor de la técnica como se anunció solemnemente, con una tos de disconformidad por parte de Louis Daguerre, en la Academia de Ciencias de París.

Mientras que Niépce era un científico solitario recluido en Borgoña y celoso de sus descubrimientos, Daguerre era un dandy, pintor de segunda, un bon vivant parisino con extraordinario sentido comercial y siempre en busca de notoriedad pública. Sólo dos años antes, había convencido al hijo y heredero de Niepce que el nombre de su padre no apareciera y se apropia del invento al que megalómanamente le da su propio nombre: daguerrotipo.

Los daguerrotipos son pues el primer tipo de fotografía que existió, con un proceso que, aunque laborioso y necesitado de cierta habilidad técnica, era fácilmente reproducible por lo que en pocos meses la fiebre de los daguerrotipos había recorrido Europa y América, llegando incluso a Australia o a Japón. Por primera vez en la historia, el público en general tenía acceso a hacerse un retrato propio o de sus seres queridos y en pocos años, no había una esquina de las grandes ciudades occidentales sin una tienda de daguerrotipos. A mediados de la década de los 40 se realizaban en Estados Unidos por ejemplo una media de 3 millones de daguerrotipos al año, desarrollando una completa industria que afectaba no sólo a la producción de cámaras y de placas sino de decorados y sobre todo de una elaborada marquetería para sus estuches de variados tamaños que podían ir desde una sencilla caja de cuero a elaboradas taraceas de madreperla y piedras semipreciosas. Curiosamente, su vigencia fue fugaz pues la aparición del calotipo de Talbot a fines de los 50 que permitiría la obtención de muchas copias de un solo negativo hizo que su desaparición fuera tan fulgurante como lo había sido su éxito

Porque una cosa importante es que los daguerrotipos eran piezas únicas. No había formas de realizar copias puesto que eran el negativo y el positivo a su vez. Para su realización se requería unas placas de plata, o de cobre para hacerlas más baratas pero siempre bañadas en plata, a las que se pulía como un espejo y se limpiaban de una manera procelosísima para liberarlas de cualquier mota de polvo o de residuo orgánico; después se les hacía foto sensibles a través de una base de ioduro de plata y se revelaban con unos tóxicos y peligrosos vapores de mercurio dando como resultado una placa única e increíblemente frágil, cualquier rasguño la deterioraba, que requería ser protegida en un estuche. Las técnicas mejoraron, constuyendo objetivos más luminosos que acortaban el largo tiempo inicial de exposición- unos 20 segundos- , se idearon muebles que sujetaban al retratado para que éste no se moviese y aparecieron los primeros estudios acristalados en las ciudades. En los 20 años escasos de producción de los daguerrotipos se calcula que se realizaron alrededor de unos 30 millones de fotografías.

Yo les tengo un especial aprecio. Cualquiera que haya visto alguno sabrá de lo que hablo. Quizá derive de su particularidad esencial de ser objetos frágiles y únicos. Irrepetibles como pequeñas joyas del recuerdo. Decía Roland Barthes que las fotografías sean lo que sean lo que ellas ofrezcan a la vista y sea cual sea la manera empleada, son siempre invisibles: no son a ellas a quienes vemos porque el referente (lo que ellas representan) se adhiere. Y es cierto, pero también es cierto que si para algún tipo de fotografía es menos cierto es precisamente para el daguerrotipo. En ellos el objeto y el sujeto rezuman igualmente melancolía.

Dice Barthes en ese libro tan melancólico, por la muerte de su madre, que es la cámara lúcida, que toda fotografía es la ausencia de una presencia e incluso afirma que

la fotografía sólo adquiere su valor pleno con la desaparición irreversible del referente, con la muerte del sujeto fotografiado, con el paso del tiempo…

Quizás sea por eso que contemplar estos rostros irremisiblemente idos me llena de melancolía. Son el retrato preciso de un momento histórico muy breve que abarca las décadas de 1840 a 1860. He seleccionado tan solo unos poquitos. Y os dejo con una última cita de Barthes y su cámara lúcida

Por naturaleza, la Fotografía tiene algo de tautológico: en la fotografía una pipa es una pipa, irreductiblemente. Diríase que la Fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa o fúnebre, en el seno mismo del mundo en movimiento: están pegados al uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en cientos suplicios; o también como esas parejas de peces (los tiburones, creo, según dice Michelet) que navegan juntos, como unidos por un coito eterno. La Fotografía pertenece a aquella clase de objetos laminares de los que no podemos separar dos láminas sin destruirlos: el cristal y el paisaje, y por qué no: el Bien y el Mal, el deseo y su objeto: dualidades que podemos concebir, pero no percibir .

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