Derain, Balthus y Giacometti, en la Fundación Mapfre, una irregular exposición, amena sin embargo

Derain, Balthus y Giacometti, en la Fundación Mapfre, una irregular exposición, amena sin embargo

 

Desde el 1 de febrero hasta el 6 de mayo es posible ver en la sala Recoletos de la fundación Mapfre en Madrid la Exposición Derain, Balthus y Giacometti. Una amistad entre artistas con casi 240 obras concebida por el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris y comisariada por Jacqueline Munck, Conservadora Jefe de ese museo. Aunque hace ya muchos días que la vi, y a pesar de que había decidido no hacer una entrada sobre ella, una nueva visita me ha animado a escribir este post.

 

 

No puedo, ni de lejos, colocarme a la altura de de la comisaria, sin embargo, mi primera decisión de no cubrirla vino un poco de la estupefacción y el aturdimiento que me produjo la primera visita. Es cierto que estas exposiciones  casi diría dem”tesis”, que tanto abundan últimamente, me resultan personalmente un poco cogidas por los pelos. E intentaré explicarme. Ya me pasó con la exposición dedicada por el Museo Thyssen a Toulouse-Lautrec y Picasso y con la exposición de  CaixaForum sobre Giorgio De Chirico que aquí critiqué en  sendas entradas que  podéis revisar pinchando en los enlaces.

 

Dinner Party, Andre Derain, Balthus and Alberto Giacometti, Paris 1954

Que André Derain (1880-1954), Balthus (1908-2001) y Alberto Giacometti (1901-1966) eran amigos lo atestigua, o así se pretende,  la gigantesca fotografía con la que termina la exposición y que os he colgado aquí arriba. Derain, de pie y sonriente en su casa de Chambourcy, cerca de una mesa antes de la comida, Balthus que parece un gemelo de Antonin Artaud con dientes se toca la oreja, y Giacometti, los brazos en jarras, aparece detrás de la que parece su mujer Annette. Derain moriría ese año poco después, a los 74 años, atropellado por un automóvil, a él que le encantaba conducir su Bugatti.

 

Pues muy interesante, diría, y en el fondo nada extraño, salvando que el primero era, como veis, más de dos décadas mayor que los segundos, pues las personas, y aún mucho menos los artistas y más en esa época, no son seres insulares. Y también es cierto, lo admito, que, con muchas ganas y  algo de cordialidad colaborativa, es posible constatar ciertas afinidades electivas, sobre todo entre Balthus y este Derain maduro y bastante desconocido, quizás inesperadas coincidencias, ambos amaban las mujeres y los gatos, pero nunca tan esenciales y nucleares como para, a mi juicio y después de leerme el catálogo, montar esta  magna exposición de la que hablamos hoy.

 

André Derain

Dicho esto, claro que la exposición es interesante y, sobre todo, enormemente entretenida. No podía ser de otra forma, dada la calidad de los tres artistas. Sin embargo, no están las obras más emblemáticas de Balthus, esos cuadros  de aquella primera época que fascinaron a Derain y a Picasso como la Leçon de guitarre (1934) que os cuelgo aquí abajo y que aún hoy siguen levantando enormes polvaredas, como se ha visto hace poco con el plante del Metropolitan Museum de Nueva York ante las peticiones de más de 8.000 firmas (!!!!) exigiendo la retirada de la obra Therese soñando, (la siguiente más abajo) mucho menos evidente que la anteriorpor incitar a la pedofilia. Quizá, sin esas obras, aunque hay algunas muy interesantes, resulte un poco más difícil entender la fascinación mutua entre Derain y Balthus.

Balthus- Lecon de guitare-1934-collectionprivée

 

Thérèse dreaming (1938)

Una historia aparte es el caso de Alberto Giacometti que prácticamente a lo largo de toda la exposición va, como si dijéramos, más bien a lo suyo. Es más, Giacometti era un hombre de muchos y variados amigos, con lo que tampoco se ve que este trío sea, al menos en su caso, algo tan tan exclusivo. Acaso habría sido más digerible esta muestra sin incluirle a él, pero, en fin, insisto, es mi opinión que refrendo en esta segunda visita. Sus obras, magníficas, como siempre, sus esculturas y sus dibujos, flotan como desubicadas entre el resto de las obras de Balthus y los irregulares y más abundantes lienzos de un André Derain distinto del que se espera. Y es que las obras de Derain pertenecen, no a su época fauve en la que se le relacionaba con Henri Matisse y Maurice de Vlaminck y era uno de los sustentos del movimiento.

irving-penn-balthus,-paris

El André Derain que se ve en la MAPFRE, y es muy interesante conocerlo, es un pintor distinto del que uno tiene en mente, un artista renovado que emergió después de la Primera Guerra Mundial con aquel regreso al orden figurativo (expresión inspirada en el libro de ensayos Le rappel a l’ordre (1926) de Jean Cocteau). Orden que significaba, a grandes rasgos, retomar la pureza del primer Renacimiento y sus fuentes clásicas. Un regreso, en suma, a la figuración que siguieron muchos artistas, pero  que a los más les duró  poco menos que un suspiro, con el advenimiento del Surrealismo. Sin embargo otros como Derain o ese de Chirico que conocimos en la exposición de Caixaforum, persistieron en esa línea con una insistencia que les hizo blanco de las críticas y les hizo perder una gran cantidad de la admiración y las simpatías acumuladas hasta entonces por su obra, valoración que, con matices, perdura en la mayoría de los museos hasta nuestros días. Basta buscar por ejemplo en Internet a cualquiera de los dos para ver que las obras con que se les asocia son todas de su primera época, lo que hace, al mismo tiempo, que sea tan interesante descubrir que ellos, como en el poema de Neruda,  los de entonces, ya no eran los mismos.

 

 

Es este Derain, sin embargo, o las obras que de él se exponen, un artista irregular y bastante cambiante en su estilo siempre figurativo. Las pinturas aquí reunidas no son, en general, con fantásticas excepciones, obras maestras extraordinarias, lo que explica su falta de popularidad, aunque, insisto, en su mayoría son muy interesantes, infrecuentes y la mar de entretenidas de ver.

 

 

De los tres en conjunto, después de ver la exposición, en realidad poco puede decirse que tengan en común, sobre todo Giacometti, salvo que los tres son figurativos, que los tres fueron excéntricos y no se afiliaron a ninguna corriente, ni crearon seguidores y que los tres estuvieron fascinados por la figura femenina. Poco más, aunque, no obstante, la relación, la complicidad y la amistad de más de 20 años, como demuestra esa gran fotografía, existían.

Balthus-self-portrait-1940

La historia comienza con un joven Balthus  muy fascinado con Derain, veintiocho años mayor que él, y precisamente por ese nuevo Balthus no fauve al que me refería más arriba. A su vez Derain visita, seguramente aconsejado por Antonin Artaud, una de las primeras exposiciones de Balthus, y así se establece un contacto inmediato de simpatía creativa entre ese gran pintor consagrado que era entonces despreciado por sus colegas más reconocidos y un artista joven y de espíritu extravagante cuya carrera comenzaba creando un cierto escándalo por su temática. Parece, por lo que se deduce del catálogo, que ésta era una admiración que fue compartida por Giacometti que también entonces andaba fascinado con la figuración, aunque en su caso no sólo renacentista, sino también  por la escultura etrusca o mesopotámica.

Vitrina con obras de Giacometti

 

Leo ahora que durante la guerra, Derain recogió durante algún tiempo a la familia de Balthus, cuyo verdadero nombre era Balthasar Kłossowski, a su madre Baladine Klossowska, a su amante, al poeta y escritor Rainer Maria Rilke y a su hermano Pierre Klossowski con lo que aún se me hace más evidente que los enlaces entre estos artistas eran reales y bastante significativos. La admiración de los dos artistas jóvenes por Derain está muy asociada a un cuadro, en apariencia sencillo, que ambos admiraron mucho. Se trata de  la Naturaleza muerta con peras de Derain, pintado en 1936. Giacometti, veinte años después, dirá que al mirar estas peras por primera vez, “realmente vió” la pintura de Derain:

cuánto era un gran artista, un pintor-límite, siempre más allá de su cultura y su genio, siempre más pesado y profundo, cada vez más viejo y más moderno, siempre cerca del fracaso y el mal gusto, en otras palabras y simplemente, en la espeleología de la vida.

 

derain nature morte aux poires

¿Qué había en este pequeño Bodegón con peras? Una pera entera en el centro, dos trozos de pera a cada lado, una dibujada, la otra deshecha por la pintura que, como en otros lugares de la tela casi transparente, se disuelve en el sexo de una mujer. Una cuchara horizontal oscura y brillante los roza, los une. Detrás, como centinelas , dos copas de tallo vacío existen solo por la luz que capturan y reflejan: una línea blanca vertical cada una, algunos puntos horizontales , y ​​eso es todo. Y sin embargo, era esta sencillez, casi barroca, lo que fascinaba a ambos artistas.

 

Volviendo a la exposición, está dividida en varias parte. La primera sección se llama La mirada cultural y se supone que rastrea ese retorno al orden común a los tres artistas. Se pueden ver  aquí algunas copias muy interesantes de obras renacentistas como las copias de Piero della Francesca pintadas por Balthus,

 

 

o algunas obras de Derain inspiradas en el Renacimiento como este El gaitero o Joueur de cornemuse

 

Andre-Derain-Joueur-cornemuse-gaitero

o la extraña copia que hizo Derain entre 1945-1950 de una de las varias versiones de La matanza de los inocentes (1565-1567)  de Pieter Brueghel el Viejo  con algunas variaciones y de la que sólo he encontrado una imagen de poca calidad.

 

Copy of Pieter Bruegel’s ‘Massacre of the Innocents’ by the French painter André Derain (Troyes, Musée d’Art moderne)

Giacometti como siempre con influencias mucho más exóticas, está representado con varios dibujos sobre esculturas egipcias que evidentemente le influyeron posteriormente.

 

Dibujo de giacometti-

Es interesante que aquí es la única parte de la exposición donde hay obras de Derain anteriores a la Gran Guerra donde es posible ver su admiración por  Cezanne com este magnífico  Sotobosque y rocas  de 1911-13

 

André Derain – Forest with rocks in Sausset-les-Pins (1911)

La sección Siguiente titulada “Vidas silenciosas” y examina el lugar que ocupan los espacios vacíos, como la naturaleza muerta y los paisajes en la obra de los tres artistas. Hay algunos paisajes de Balthus sin personajes, lo que es raro en su obra, como este magnífico La Falaise de 1938

 

Farallón de Balthus

o la preciosista Vista de Saint-Maxim (1930) donde Derain muestra su maestría en la pintura

 

Vista de Saint Maxim André Derain 1930

Sin embargo, Giacometti después de algunos lienzos postimpresionistas en la onda de su padre, del que por cierto hay un retrato precioso, abandona por completo lo que de en común pudiera tener con Derain y Balthus para centrarse en su conocido estilo de donde ya no volverá más.

 

giacometti-le-lac-de-sils-

 

1-giacometti-pere-de-l’artiste

 

En cuanto a los bodegones hay bastantes, pero nada, en el fondo, que no practicasen otros autores. Magnífico y espectacular sobre todo el bodegón de Giacometti, Nature morte à la pomme.

 

Alberto Giacometti, Nature morte à la pomme

 

balthus-nature-morte

 

still-life-with-a-figure-1942-by-Balthus

 

André Derain. La Table garnie, hacia 1922. Musée d’Art Moderne,

Luego llega la secció titulada El modelo que es quizás lo que más comparten los tres, aunque desde diferentes perspectivas. Hay dos cuadros de Derain  de 1930-35 y de Balthus  de 1955 que son quizás donde mejor se ve su relación pues reproducen a dos modelos con el pecho desnudo y que parecen casi reflejo la una de la otra.

 

André Derain – Nu assis à la draperie verte, 1930-1935,

 

Balthus Jeune fille à la chemise blanche

 

Hay también niñas de Balthus y algunos cuadros de Derain que se dan cierto aire, aunque lo morboso de Balthus es irrepetible. Asi como alguos hermosos autorretratos, particularmente el de Giacometti de 1920

 

 

‘Autorretrato’ de Alberto Giacometti, óleo sobre lienzo de 1920

1-derain-autoportrait-a-la-pipe-

André Derain, Portrait of Carmen Baron, 1944

André Derain. Geneviève à la pomme, 1937-1938.

 

Andre-Derain-Peintre-famille-

 

Balthus Le roi de chats

 

Balthus, Les enfants Blanchard Hubert et Thérèse (The Blanchard Children), 1937

The Artist in his Studio, 1920 by Andre Derain

¿Y Giacometti? Pues como ya he dicho anteriormente, metido casi con calzador. Durante la II Guerra Mundial conoció a Annette Arm con la que se casó y de la que hizo su modelo omnipresente. Aquí el cuadro principal es Isabel en el estudio (1949) con otra modelo, sin embargo. Basta ver la comparación de dos cuadros que representan a la misma modelo, Isabelle Lambert, para constatar como Giacometti se alejaba definitivamente de Derain o Balthus.

Derain- Isabel Lambert, 1935-1939

 

Giacometti Isabel en el estudio

Giacometti Pintando a la que sería su esposa Annette Arm

 

DERAIN comedia del arte, arlequin et pierrot

Despues entramos en la sala de los proyectos teatrales de los tres que han titulado Entreacto. De Giacometti, se recoge el árbol y la fotografía que os cuelgo de su colaboración con Samuel Beckett en 1961 en Paris para la representación de Esperando a Godot.

Samuel Beckett and Alberto Giacometti tree for Waiting for Godot

Balthus y Derain, por su parte, fueron asiduos colaboradores de la escena teatral, para operas Derain, Balthus para Artaud, para Camus


derain-maquette-barbier-de-seville

derain-maquette-enlevement-au-serail-

 

Balthus Les cenci

Se exponen incluso algunos trajes  originales e instrumentos musicales

También se exponen unas interesantes máscaras de André Derain, muy etruscas, que son acaso lo más cerca que estuvo jamás de Giacometti.

 

La penúltima sección se llama El sueño y está dedicada a desnudos y durmientes. Hay unos enormes desnudos de André Derain, al parecer muy celebrados por su autor, que era un erotómano confeso

 

 

Derain
Grand nu couchée

André Derain Nu allongé au divan vert

 

Balthus. Sleeping girl 1943

 

Balthus, The Golden Days, 1944–46

 

Derain con la misma postura

 

Balthus Le reve

 

cathy-s-toilette-1933

La contribución de Giacometti a esta sección es una escultura que nada tiene que ver, salvo el título, con los otros dos y que está más cerca del surrealismo de Joan Miró, del que también era íntimo amigo

 

Femme couchée qui rêve

La última parte se llama la Garra sombría que reúne “las obras que tocan la alarma de un mundo vacilante”. En realidad no sé muy bien que quiere decir ésto, a estas alturas ya andaba exhausto, pero no era más que una nueva mezcolanza de obras con un pretendido  aire misterioso .

 

 

No quiero dejarme sin nombrar, aunque no estaba el original pintado en tabla que custodia el MOMA de Nueva York, el impresionante Retrato de Derain por Balthus, acompañado de una silla tapizada por la misma bata.

 

 

 

Para resumir, una exposición extraña, no entiendo bien estas exposiciones relacionales, como digo, en la que la inclusión de Giacometti me parece muy cogida por los pelos, pero sin embargo, al mismo tiempo, una exposición muy entretenida de ver y, cómo no, una excelente ocasión para conocer ese poco conocido Derain maduro y disfrutar de algunos excelentes Balthus, entre los que caminan, despistadas, algunos paseantes de Giacometti.

 

Unas palabras de Friedrich Hölderlin

Unas palabras del Hyperion de Friedrich Hölderlin

 

Hölderlin en 1792

 

Johann Christian Friedrich Hölderlin, destinado a la carrera eclesiástica, ingresó en el seminario de Tubinga a la edad de 18 años para terminar sus estudios de Teología. Allí conoció y compartió habitación, en un célebre cuarto en el que, según dicen, nunca se apagaban las luces, con los futuros filósofos Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Friedrich Schelling. Los tres Friedrich sintieron un profundo interés por la filosofía y leían a Spinoza, a Leibniz, a Platón y, sobre todo, al gran reformador de la filosofía alemana, el gran Inmanuel Kant. Hegel, Schelling y Hölderlin, los tres  Friedrich, se influyeron tanto mutuamente que incluso algunas de las obras que produjeron en aquel entonces parecen ser obras a seis manos. Todos se formaban para ser clérigos, sin embargo ninguno de ellos llegó a ejercer como tal. Eran los días de la Revolución Francesa, de la entusiasta proclamación de la libertad, de la igualdad  y de  la fraternidad entre los hombres, que despertaron por toda Europa la conciencia y, sobre todo, la esperanza de un nuevo tiempo para la Humanidad. Juntos, los tres Friedrich para conmemorar ese nuevo tiempo plantarían en la plaza del Mercado un árbol de la libertad.

 


‘The Liberty Tree.’ (Dance around the Liberty Tree: probably during the French occupation of the Rhineland, October 1792-March 1793).

Después de un tiempo en un cargo como preceptor poco exitoso de un niño con difícil temperamento que le consiguió el dramaturgo Friedrich Schiller, Hölderlin se instaló en Jena, donde se encontraba  en pleno apogeo el círculo de los hermanos Schlegel, la interesantísma Caroline Michaelis, (de la que ya os hablé en otro post), su amigo Schelling (Hegel estaba entonces de preceptor en Berna) y donde tuvo encuentros con personalidades extraordinarias como Goethe, Herder o el también poeta  Novalis y donde acudiría a las clases impartidas por Fitche en la universidad de la ciudad que estaba entonces, y con razón, en la cúspide de su fama. Casi nada. Hay quien afirma que desde Atenas, nunca se había dado históricamente un ambiente de tal profundidad y hondura filosófica. Fue en esos años donde escribió la mayor parte de Hiperión, la novela epistolar de la que surge la cita del final que, aunque breve, ha sido lo que ha dado razón última a este post.

Falto de recursos, volvió a vivir con su madre hasta que un amigo le encontró un trabajo en Franfurkt en casa del banquero Gontard, de cuya esposa, Susette Gontard, madre de cuatro hijos, se enamoró perdidamente siendo, a la sazón, correspondido por ella. Su correspondencia es uno de los hitos del romanticismo alemán. Susette es la Diótima de Hiperión y el gran amor del poeta. Hölderlin la llamó Diótima como el personaje de El banquete de Platón, aquella mujer que fue capaz de enseñar la filosofía del amor al mismo Sócrates.

 

Susette Gontard y Friedrich Hölderlin

 

Dos años después y tras pasar por un penoso altercado con el marido de Susette, tuvo que abandonar la casa de los Gontard en Frankfurt, aunque siguió manteniendo con ella una relación clandestina y, a pesar de algunos encuentros furtivos, mayormente desde la distancia. Susette le escribiría poco después de su partida:

Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; solo por el dolor sigo notando su existencia”.

Un par de años después, cuando consiguió publicar el segundo tomo de su Hiperión, le envió un ejemplar a Susette con la dedicatoria: “¿A quién sino a ti?”

Te copio ahora cartas que Diótima y yo nos escribimos tras mi despedida… Son lo más precioso que puedo confiarte. Son la imagen más cálida de aquellos días de mi vida…¡Ah!, Y verás en ellas también con cuánto amor fui amado. Esto no te lo hubiera podido decir yo nunca; es solo Diótima quien lo dice. (Hiperión a Belarmino. L.II. 1)

 

Comienzan entonces sus problemas mentales severos que, desde su época de estudiante, habían ido apareciendo en forma de periódicas depresiones y que se desatan provocando una importante y severa primera crisis . Poco después, se traslada a Francia para trabajar para el cónsul alemán en Burdeos y visita  París. Es allí donde recibirá una carta de un amigo comunicándole la muerte de  Susette. Hölderlin tardará casi un mes en llegar, caminando, hasta la casa de su madre. Cuando ésta le abrió la puerta, se espantó al ver que su aspecto era casi irreconocible. El explicaba que había sido golpeado por Apolo.

 

 

 

Desde aquel momento, sus crisis mentales se suceden. En 1805, un médico que le visita declara: “Su locura se está convirtiendo en frenesí, y es imposible comprender su lenguaje, que parece una mezcla de alemán, griego y latín“. Finalmente es internado en una clínica de Tubinga, pero su estado no mejora.

Pero en el verano de 1807 sucede algo imprevisto, un ebanista de esa ciudad, llamado Ernst Friedrich  Zimmer, entusiasta  lector de  Hyperion, le visita en la clínica y decide llevárselo a vivir con su familia  a una casa que compra a tal efecto junto al río Neckar. Sobre su taller de la planta baja, tenía una modesta vivienda en la que, ese mismo año, acogió a Friedrich Hölderlin. Allí permaneció el poeta, en su cuarto circular, durante 36 años, hasta su muerte, que no llegó hasta 1843, siempre apreciado y cuidado por la familia del ebanista, incluso tras la muerte de éste, y en un estado de locura pacifica que no le impedirá seguir escribiendo poemas, los famosos poemas de la locura, con un una cierta incoherencia pero no exentos de un fuerte hálito poético. Hoy en día el lugar es sede del Museo Hölderlin

 

 

La torre de Hölderlin en Tubinga, lugar en el que se hospedó hasta su muerte.

 

Allí, al cuidado de Zimmer y su familia, Hölderlin  componía música de piano -cuenta Bettina von Armim que cuando la princesa von Homburg le regaló un piano,  cortó casi todas las cuerdas, dejando sólo algunas, y sobre ellas improvisaba- , daba largos paseos a enormes zancadas por los parques y los alrededores de la ciudad, con un aspecto infantil de niño grande, lo que le hacía con frecuencia ser objeto de mofas y persecuciones por parte de los estudiantes.  De vez en cuando recibía visitas de viejos amigos y admiradores a los que se dirigía adoptando la nueva personalidad de Scardanelli,  voluntariamente olvidado de su identidad, y siempre actuando con una mezcla de extrema lucidez y repentina locura que desconcertaba por completo a sus visitantes. Fecha poemas con cien años de adelanto o de atraso. Permanecerá, sin embargo, siempre fiel a su Hyperion, que recitaba a menudo en voz alta y del que leía pasajes a sus visitantes. Para él ya no existirá sino aquel recinto, el papel sobre el que escribe sus últimos poemas, su piano y las visitas a quienes ya no reconoce.   El 7 de junio de 1843, después de contemplar desde su ventana los campos infinitos, murió en paz. Aquí os cuelgo dos de esos “poemas de la locura”:

 

NO TODOS LOS DÍAS

No todos los días alcanzan la belleza

Para aquel que añora las alegrías

De los amigos que le amaron, de los hombres

Demorándose con afecto junto al adolescente.

(Ernst Zimmer, en su carta del 22 de diciembre 1835 a un desconocido, incluye este poema diciendo que lo escribió un par de años antes)

VISION (fragmento)

¡Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,

Sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,

Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días

Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.

Humildemente Scardanelli. 24 de Marzo de 1671.

 

Luis Cernuda, que siempre le admiró, dijo de él: Hölderlin, con fidelidad admirable, no fue sino aquello a que su destino le llamaba: un poeta. Pero ahí nadie le ha superado en su país, ni en otro país cualquiera. Era esta fidelidad lo que admiraba Cernuda, esa entrega incondicional del poeta a no se sabe qué fuerzas que hablan por su boca, esas fuerzas ocultas cuyos productos solemos denominar arte. Como Van Gogh, como Antonin Artaud, como Leopoldo María Panero, como tantos alucinados a los que una tensión infinita les ha llevado a la locura.

 

 

En el verano de 1979, cuando yo solo contaba 15 años, y quizás llevado por mi pasión por Luis Cernuda, compré este Hiperión que fue uno de los primeros libros de mi biblioteca y el primero de la editorial del mismo nombre, fundamental en mi educación poética. Aún recuerdo, pocos años después,  los ahora tan distantes días en el edificio de filosofía B de la Universidad Complutense de Madrid, en el jardín de la cafetería, en aquellas tardes robadas de sol tibio en las que mi amiga, la dulce Julia- asidua fiel, después de tantos años, de este blog y a quien hoy quiero dedicar este post-, me leía, en el más dulce alemán que jamás he oído, los versos de Hölderlin.

 

 

Hoy tantos años después,mis lecturas han vuelto a ese libro que. amarillento y algo desencuadernado, tengo ahora encima demi mesa. Y dice así:

 

 

Sagrada naturaleza. Siempre eres igual, en mí y fuera de mí, a lo divino que hay en mí. Ser uno con el todo, este es el vivir de los dioses; esto es el cielo para el hombre. Ser uno con todo lo que vive, y volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, tal es el punto más elevado del pensamiento y de la alegría, es la sagrada cumbre de la montaña, es el lugar de la eterna calma, donde el mediodía pierde su bochorno, se desvanece de la voz del trueno, y el mar que se agita y se llena de espuma recuerda las ondas de un campo de trigo.