Unas palabras de Friedrich Hölderlin

Unas palabras del Hyperion de Friedrich Hölderlin

 

Hölderlin en 1792

 

Johann Christian Friedrich Hölderlin, destinado a la carrera eclesiástica, ingresó en el seminario de Tubinga a la edad de 18 años para terminar sus estudios de Teología. Allí conoció y compartió habitación, en un célebre cuarto en el que, según dicen, nunca se apagaban las luces, con los futuros filósofos Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Friedrich Schelling. Los tres Friedrich sintieron un profundo interés por la filosofía y leían a Spinoza, a Leibniz, a Platón y, sobre todo, al gran reformador de la filosofía alemana, el gran Inmanuel Kant. Hegel, Schelling y Hölderlin, los tres  Friedrich, se influyeron tanto mutuamente que incluso algunas de las obras que produjeron en aquel entonces parecen ser obras a seis manos. Todos se formaban para ser clérigos, sin embargo ninguno de ellos llegó a ejercer como tal. Eran los días de la Revolución Francesa, de la entusiasta proclamación de la libertad, de la igualdad  y de  la fraternidad entre los hombres, que despertaron por toda Europa la conciencia y, sobre todo, la esperanza de un nuevo tiempo para la Humanidad. Juntos, los tres Friedrich para conmemorar ese nuevo tiempo plantarían en la plaza del Mercado un árbol de la libertad.

 


‘The Liberty Tree.’ (Dance around the Liberty Tree: probably during the French occupation of the Rhineland, October 1792-March 1793).

Después de un tiempo en un cargo como preceptor poco exitoso de un niño con difícil temperamento que le consiguió el dramaturgo Friedrich Schiller, Hölderlin se instaló en Jena, donde se encontraba  en pleno apogeo el círculo de los hermanos Schlegel, la interesantísma Caroline Michaelis, (de la que ya os hablé en otro post), su amigo Schelling (Hegel estaba entonces de preceptor en Berna) y donde tuvo encuentros con personalidades extraordinarias como Goethe, Herder o el también poeta  Novalis y donde acudiría a las clases impartidas por Fitche en la universidad de la ciudad que estaba entonces, y con razón, en la cúspide de su fama. Casi nada. Hay quien afirma que desde Atenas, nunca se había dado históricamente un ambiente de tal profundidad y hondura filosófica. Fue en esos años donde escribió la mayor parte de Hiperión, la novela epistolar de la que surge la cita del final que, aunque breve, ha sido lo que ha dado razón última a este post.

Falto de recursos, volvió a vivir con su madre hasta que un amigo le encontró un trabajo en Franfurkt en casa del banquero Gontard, de cuya esposa, Susette Gontard, madre de cuatro hijos, se enamoró perdidamente siendo, a la sazón, correspondido por ella. Su correspondencia es uno de los hitos del romanticismo alemán. Susette es la Diótima de Hiperión y el gran amor del poeta. Hölderlin la llamó Diótima como el personaje de El banquete de Platón, aquella mujer que fue capaz de enseñar la filosofía del amor al mismo Sócrates.

 

Susette Gontard y Friedrich Hölderlin

 

Dos años después y tras pasar por un penoso altercado con el marido de Susette, tuvo que abandonar la casa de los Gontard en Frankfurt, aunque siguió manteniendo con ella una relación clandestina y, a pesar de algunos encuentros furtivos, mayormente desde la distancia. Susette le escribiría poco después de su partida:

Es como si mi vida hubiera perdido todo significado; solo por el dolor sigo notando su existencia”.

Un par de años después, cuando consiguió publicar el segundo tomo de su Hiperión, le envió un ejemplar a Susette con la dedicatoria: “¿A quién sino a ti?”

Te copio ahora cartas que Diótima y yo nos escribimos tras mi despedida… Son lo más precioso que puedo confiarte. Son la imagen más cálida de aquellos días de mi vida…¡Ah!, Y verás en ellas también con cuánto amor fui amado. Esto no te lo hubiera podido decir yo nunca; es solo Diótima quien lo dice. (Hiperión a Belarmino. L.II. 1)

 

Comienzan entonces sus problemas mentales severos que, desde su época de estudiante, habían ido apareciendo en forma de periódicas depresiones y que se desatan provocando una importante y severa primera crisis . Poco después, se traslada a Francia para trabajar para el cónsul alemán en Burdeos y visita  París. Es allí donde recibirá una carta de un amigo comunicándole la muerte de  Susette. Hölderlin tardará casi un mes en llegar, caminando, hasta la casa de su madre. Cuando ésta le abrió la puerta, se espantó al ver que su aspecto era casi irreconocible. El explicaba que había sido golpeado por Apolo.

 

 

 

Desde aquel momento, sus crisis mentales se suceden. En 1805, un médico que le visita declara: “Su locura se está convirtiendo en frenesí, y es imposible comprender su lenguaje, que parece una mezcla de alemán, griego y latín“. Finalmente es internado en una clínica de Tubinga, pero su estado no mejora.

Pero en el verano de 1807 sucede algo imprevisto, un ebanista de esa ciudad, llamado Ernst Friedrich  Zimmer, entusiasta  lector de  Hyperion, le visita en la clínica y decide llevárselo a vivir con su familia  a una casa que compra a tal efecto junto al río Neckar. Sobre su taller de la planta baja, tenía una modesta vivienda en la que, ese mismo año, acogió a Friedrich Hölderlin. Allí permaneció el poeta, en su cuarto circular, durante 36 años, hasta su muerte, que no llegó hasta 1843, siempre apreciado y cuidado por la familia del ebanista, incluso tras la muerte de éste, y en un estado de locura pacifica que no le impedirá seguir escribiendo poemas, los famosos poemas de la locura, con un una cierta incoherencia pero no exentos de un fuerte hálito poético. Hoy en día el lugar es sede del Museo Hölderlin

 

 

La torre de Hölderlin en Tubinga, lugar en el que se hospedó hasta su muerte.

 

Allí, al cuidado de Zimmer y su familia, Hölderlin  componía música de piano -cuenta Bettina von Armim que cuando la princesa von Homburg le regaló un piano,  cortó casi todas las cuerdas, dejando sólo algunas, y sobre ellas improvisaba- , daba largos paseos a enormes zancadas por los parques y los alrededores de la ciudad, con un aspecto infantil de niño grande, lo que le hacía con frecuencia ser objeto de mofas y persecuciones por parte de los estudiantes.  De vez en cuando recibía visitas de viejos amigos y admiradores a los que se dirigía adoptando la nueva personalidad de Scardanelli,  voluntariamente olvidado de su identidad, y siempre actuando con una mezcla de extrema lucidez y repentina locura que desconcertaba por completo a sus visitantes. Fecha poemas con cien años de adelanto o de atraso. Permanecerá, sin embargo, siempre fiel a su Hyperion, que recitaba a menudo en voz alta y del que leía pasajes a sus visitantes. Para él ya no existirá sino aquel recinto, el papel sobre el que escribe sus últimos poemas, su piano y las visitas a quienes ya no reconoce.   El 7 de junio de 1843, después de contemplar desde su ventana los campos infinitos, murió en paz. Aquí os cuelgo dos de esos “poemas de la locura”:

 

NO TODOS LOS DÍAS

No todos los días alcanzan la belleza

Para aquel que añora las alegrías

De los amigos que le amaron, de los hombres

Demorándose con afecto junto al adolescente.

(Ernst Zimmer, en su carta del 22 de diciembre 1835 a un desconocido, incluye este poema diciendo que lo escribió un par de años antes)

VISION (fragmento)

¡Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,

Sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,

Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días

Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.

Humildemente Scardanelli. 24 de Marzo de 1671.

 

Luis Cernuda, que siempre le admiró, dijo de él: Hölderlin, con fidelidad admirable, no fue sino aquello a que su destino le llamaba: un poeta. Pero ahí nadie le ha superado en su país, ni en otro país cualquiera. Era esta fidelidad lo que admiraba Cernuda, esa entrega incondicional del poeta a no se sabe qué fuerzas que hablan por su boca, esas fuerzas ocultas cuyos productos solemos denominar arte. Como Van Gogh, como Antonin Artaud, como Leopoldo María Panero, como tantos alucinados a los que una tensión infinita les ha llevado a la locura.

 

 

En el verano de 1979, cuando yo solo contaba 15 años, y quizás llevado por mi pasión por Luis Cernuda, compré este Hiperión que fue uno de los primeros libros de mi biblioteca y el primero de la editorial del mismo nombre, fundamental en mi educación poética. Aún recuerdo, pocos años después,  los ahora tan distantes días en el edificio de filosofía B de la Universidad Complutense de Madrid, en el jardín de la cafetería, en aquellas tardes robadas de sol tibio en las que mi amiga, la dulce Julia- asidua fiel, después de tantos años, de este blog y a quien hoy quiero dedicar este post-, me leía, en el más dulce alemán que jamás he oído, los versos de Hölderlin.

 

 

Hoy tantos años después,mis lecturas han vuelto a ese libro que. amarillento y algo desencuadernado, tengo ahora encima demi mesa. Y dice así:

 

 

Sagrada naturaleza. Siempre eres igual, en mí y fuera de mí, a lo divino que hay en mí. Ser uno con el todo, este es el vivir de los dioses; esto es el cielo para el hombre. Ser uno con todo lo que vive, y volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, tal es el punto más elevado del pensamiento y de la alegría, es la sagrada cumbre de la montaña, es el lugar de la eterna calma, donde el mediodía pierde su bochorno, se desvanece de la voz del trueno, y el mar que se agita y se llena de espuma recuerda las ondas de un campo de trigo.

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